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 El dogma de Cristo, Libro de Erich Fromm III

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Myker
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MensajeTema: El dogma de Cristo, Libro de Erich Fromm III   Jue Mar 27, 2008 12:04 am

(...continuación de la sección "FUNCIÓN SOCIOPSICOLÓGICA DE LA RELIGIÓN"...)

Freud ha señalado en este sentido que el desamparo del hombre frente a
la naturaleza es una repetición de la situación en que se encontró el adulto
cuando era niño, cuando sin ayuda no se las podía arreglar ante fuerzas
superiores ajenas a la familia, y cuando sus impulsos vitales, siguiendo sus
inclinaciones narcisistas, se adhirieron primero a los objetos que le daban
protección y satisfacción, a saber, su madre y su padre. Hasta el punto en que
la sociedad está desamparada respecto de la naturaleza, el miembro
individual de la sociedad debe, como adulto, repetir la situación psíquica de
la infancia. Toma parte de sus amores y temores infantiles y parte de su
hostilidad, que tenía puestos en el padre o la madre, y los transfiere a una
figura imaginaria, a Dios.

Hay además una hostilidad hacia ciertas figuras reales, en particular
representantes de la élite. En la estratificación social se repite para el
individuo la situación infantil. En los que mandan ve a los poderosos, los
fuertes y los sabios. Son personas que deben ser reverenciadas. Cree que
desean el bien de él; sabe también que resistírseles es algo siempre castigado;
se siente contento cuando con su docilidad se gana el elogio de ellos. Es
exactamente igual a lo que siendo niño sentía por su padre, y es comprensible
que sin ninguna crítica tome por justo y verdadero lo que le presentan los que
mandan, con el mismo ánimo que cuando niño aceptaba sin más ni más toda
afirmación hecha por su padre. La figura de Dios forma un complemento de
esta situación; Dios es siempre el aliado de los dominadores. Cuando estos
últimos, que siempre son personalidades reales, se ven expuestos a la crítica
pueden apoyarse en Dios, quien, en virtud de su irrealidad, se limita a
desdeñar la crítica y con su autoridad confirma la autoridad de la clase
dominante.

En esta situación psicológica de sometimiento infantil reside una de las
principales garantías de la estabilidad social. Muchos se hallan en la misma
situación que experimentaron siendo niños, cuando estaban desvalidos de su
padre; los mecanismos que funcionan ahora son los mismos de entonces. Esta
situación psíquica cobra vigencia por mediación de muchas medidas
importantes y complicadas tomadas por la élite, cuya finalidad es mantener y
reforzar en las masas su dependencia psíquica infantil e imponerse en su
inconsciente como una figura paterna.

Uno de los principales medios para alcanzar este resultado es la religión.
Tiene la tarea de impedir cualquier independencia psíquica por parte del
pueblo, de intimidarlo intelectualmente, de hacer mantener ante las
autoridades la docilidad infantil socialmente necesaria. Al mismo tiempo
desempeña otra función esencial: ofrece a las masas una cierta medida de
satisfacción que les hace la vida suficientemente tolerable como para impedir
que intenten pasar de la actitud del hijo obediente a la de hijo rebelde.

¿De qué clase son estas satisfacciones? No atienden por cierto a los
instintos de autoconservación del yo, ni ofrecen mejor alimento u otros
placeres materiales. Tales satisfacciones sólo se puede obtener en la realidad,
y para ese fin no se necesita religión; la religión sirve sencillamente para
hacer que las masas se resignen más sencillamente a las muchas frustraciones
que presenta la realidad. Las satisfacciones que ofrece la realidad son de
naturaleza libidinal; son satisfacciones que ocurren esencialmente en la
fantasía, pues, como señalamos más arriba, los impulsos de la libido, a
diferencia de los impulsos del yo, permiten la satisfacción en fantasías.

Estamos aquí ante algo relacionado con una de las funciones psíquicas de
la religión, y a continuación indicaremos brevemente los resultados más
importantes de las investigaciones de Freud en este campo. En su libro Tótem
y Tabú Freud ha demostrado que el dios animal del totemismo es el padre
endiosado y que en la prohibición de matar y comer el animal totémico y en
la opuesta costumbre festiva de violar sin embargo la prohibición una vez por
año, el hombre repite la actitud ambivalente que como niño había adquirido
hacia el padre, quien es a la vez un protector servicial y un rival opresor.

Diversos estudiosos, especialmente Reik, han demostrado que esta
transferencia a Dios de la actitud infantil hacia el padre se puede hallar
también en las grandes religiones. El interrogante planteado por Freud y sus
discípulos se relacionó con la cualidad psíquica de la actitud religiosa hacia
Dios; y la respuesta es que en la actitud del adulto hacia Dios se ve repetida la
actitud infantil del niño hacia el padre. Esta situación psíquica infantil
representa el esquema de la situación religiosa. En su libro El porvenir de una
ilusión, Freud deja este interrogante para pasar a uno más amplio. Ya no se
limita a preguntar cómo es psicológicamente posible la religión; desea saber
además por qué existe la religión misma o qué la ha hecho necesaria. Ofrece
para esta pregunta una misma respuesta que toma en cuenta
simultáneamente factores psíquicos y sociales. Le atribuye a la religión el
efecto de un narcótico capaz de traer algún consuelo para el hombre en su
impotencia y desamparo frente a las fuerzas de la naturaleza.

Pues esta situación no encierra nada nuevo. Tiene un prototipo infantil, del que
en realidad no es más que la continuación. Pues ya una vez anterior uno se había
visto en un similar estado de desamparo: como un niño pequeño, en relación con los
padres. El temor que se sentía ante ellos era justificado, y especialmente ante el padre;
pero al mismo tiempo se podía contar con la protección de él contra los peligros que
uno conocía. Por lo tanto era natural asimilar las dos situaciones. También aquí tiene
su papel el desear, tal como lo hace en el mundo de los sueños. El durmiente puede ser
dominado por un presentimiento de muerte, que amenaza con ponerlo en la
sepultura. Pero la elaboración onírica sabe cómo elegir una situación capaz de
convertir hasta ese hecho pavoroso en la satisfacción de un deseo: el soñante se ve
descendiendo dentro de una antigua tumba etrusca, gozoso de encontrar satisfacción
para sus intereses arqueológicos. Del mismo modo, un hombre no convierte
sencillamente las fuerzas de la naturaleza en personas con las que se puede asociar tal
como lo haría con sus iguales –ello no haría justicia a la impresión abrumadora que le
hacen esas fuerzas– sino que les da el carácter de un padre. Las convierte en dioses,
siguiendo en esto, tal como he intentado demostrar, no sólo un prototipo infantil sino
uno filogenético.

En el curso del tiempo se hicieron las primeras observaciones sobre la regularidad
y conformidad a las leyes de los fenómenos naturales y ello hizo que las fuerzas de la
naturaleza perdieran sus rasgos humanos. Pero en el hombre persiste el desamparo, al
que acompaña su nostalgia por el padre y los dioses. Los dioses siguen cumpliendo
una triple finalidad: deben exorcizar los terrores de la naturaleza, deben reconciliar a
los hombres con la crueldad del destino, particularmente tal como se muestra en la
muerte, y deben compensarlos por los padecimientos y privaciones que una vida
civilizada en común ha impuesto sobre ellos.6


Freud da así respuesta a la pregunta: “¿Qué constituye la fuerza interior
de las doctrinas religiosas y a qué circunstancias deben estas doctrinas su
efectividad al margen de la aprobación racional?”

Estas [ideas religiosas], que se ofrecen la satisfacción de los más antiguos,
extraños, y urgentes deseos de la humanidad. El secreto de la fuerza radica en la
fuerza de estos deseos. Tal como ya sabemos, la aterradora impresión del desamparo
sentida en la infancia despertó la necesidad de protección –protección por medio del
amor– que fue provista por el padre, y saber que este desamparo duraría toda la vida
hizo necesario aferrarse a la existencia de un padre, pero esta vez un padre más
poderoso. De allí que la benévola regla de la divina Providencia alivie nuestro temor
ante los peligros de la vida; el establecimiento de un orden moral en el mundo asegura
el cumplimiento de las demandas de justicia, que tan a menudo han quedado
insatisfechas en la civilización humana; y la prolongación de la vida terrenal en una
existencia futura provee el marco local y temporal en el cual tendrá lugar la
satisfacción de estos deseos. Las respuestas para los enigmas que tientan la curiosidad
del hombre, como por ejemplo la forma en que comenzó el universo o la relación que
existe entre cuerpo y alma, se desarrollan de conformidad con los supuestos que dan
base a este sistema. Es un alivio enorme para la psique del individuo si los conflictos
de su infancia que tienen origen en el padre –conflictos de complejos que jamás han
sido superados totalmente– son eliminados y llevados a una solución universalmente
aceptada.7




6 Sigmund Freud, The Future of an Illusion. Standard Edition, XXI, 17-18.
7 Ibíd, pág. 30.
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